Hace algunos años, Thomas Carlyle llamó a la economía "la ciencia lúgubre". El gran escritor en temas políticos y sociales sacó esa conclusión de tanto que en su momento se escribía sobre el tremendo futuro que, según el reverendo Thomas Malthus, le esperaba a la humanidad cuando ya no bastara la producción de alimentos para darle de comer a una población mundial en constante aumento. La ley de rendimientos decrecientes era inexorable. De nada serviría invertir más recursos a la agricultura porque su productividad no respondería en igual medida. El hambre universal era inevitable. Afortunadamente con el tiempo la aterradora tendencia viró su rumbo. Las semillas mejoradas y fertilizantes de la Revolución Verde, originada en México, generarían ciertamente otro tipo de problemas, los de distribución y de almacenamiento ineficientes que ahora son la irónica explicación de las horrendas hambrunas en algunas regiones de África y Asia. Ahora vivimos una nueva racha de senten...
«Para vivir falta ser una bestia o un dios –dice Aristóteles-. Falta un tercer caso; es necesario ser lo uno y lo otro». Nietzsche